El Sol parecía un objetivo imposible y demasiado arriesgado, eso me dijeron, pero 22 años del más crudo invierno que habíamos vivido me obligaba a buscar un cambio y tuve mi decisión clara, dejé todo lo que amé atrás y emprendí mi viaje.
Contra todo pronostico y luego de un recorrido lleno de imprevistos logré aterrizar, puse un pié y el calor inmediatamente fluyó por mi cuerpo llenándome de una felicidad que nunca viví antes, me sentí protegido y amado, luego de recorrer un poco decidí quedarme, ya no volvería a sentir frío jamás.
Mil doscientos treinta y dos días pasaron hasta que empecé a sentir un fuerte dolor, y es que las llamas que me llenaban el alma también quemaban mi piel dejando al descubierto todas mis debilidades, mis penas y amarguras. Me sentí traicionado por lo que consideré mi hogar durante más de tres años, supe que no me estaba protegiendo, me estaba expulsando y ya no quería que viviera más en el, entendí que quedarme sólo me haría desvanecer y volví a viajar.
Mil doscientos sesenta y cinco días desde que lo sentí por primera vez y nunca en todo ese tiempo pensé en estar alejado aunque sea un minuto; Ya va un mes y tres días y aquí estoy, volviendo a sentir el cruel frío que por tantos años caló mis huesos, frío que mis recuerdos ya no son capaces de atenuar, sintiendo que a pesar de todo quiero volver con toda mi alma, sintiendo que quiero volver y quemarme hasta desaparecer.
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