Hubo un momento donde todo encajaba: vivir parecía fluir como el viento y las hojas, me complementaba con mis amigos y ellos conmigo, sentirme parte de algo me llenaba de fuego el corazón y la soledad era una necesidad para nunca olvidarme de quien soy, aquellos días se sentían auspiciosos, radiantes, y por sobre todo, ligeros. Siempre recuerdo esos días con postales que van desde fugaces encuentros bajo los rayos de un sol primaveral a las nostálgicas caminatas de los clásicos días grises serenenses, días que sólo podrían mejorar con un café y música en mis oídos.
La mayoría de las piezas de mi vida eran un aporte a mi estabilidad.
Pero,
hoy que todo pesa, que los encuentros dejaron de ser fugaces y caminar da cuenta de mi letargo constante, que respirar sólo reaviva la angustia en mi pecho y que necesito vomitar lo que tengo adentro, recurro a las palabras que en algún momento de mi vida fueron la única vía de desahogo.
Esto es un grito desesperado a mi mismo,
a mi confusión,
a mi inseguridad,
a mi ansiedad,
a mi vida llena de piezas sin encajar.
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